Algo que ha sido una constante a lo largo de mis seis
décadas como terapeuta es que el anhelo de contacto humano es una de las
fuerzas principales que impulsan a quienes buscan ayuda. La gente anhela
relaciones mejores y más cercanas. La clave para desarrollar estas ricas
relaciones reside en la capacidad y la voluntad de abrirse y compartir un
espacio íntimo con los demás. Esto puede parecer bastante fácil y, sin embargo,
la gran mayoría de los pacientes con los que me he encontrado tienen
dificultades para hacerlo. La intimidad requiere vulnerabilidad: uno no puede
esperar que el amigo, pariente o pareja se abra a menos que también esté
dispuesto a abrirse a ellos. Y esa vulnerabilidad, casi por definición, no deja
que uno se sienta seguro. Muchos de nosotros —la mayoría— hemos vivido
experiencias en las que la vulnerabilidad emocional resultó negativa. Una
sensación espantosa que nos lleva de inmediato a desarrollar defensas, la más
importante de las cuales es la de aprender a no volver a abrirnos. Y, por desgracia,
si nunca nos permitimos abrirnos, nunca alcanzaremos la conexión que anhelamos.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
La psicoterapia existencial se centra en los conflictos
internos de los pacientes que surgen al enfrentarse a las realidades de la
existencia humana: muerte, aislamiento, sentido de la vida y libertad. Advertí
que esta mirada existencial (dado que no es un enfoque terapéutico discreto y
completo) daba forma a mi trabajo con individuos. En la terapia interpersonal,
por otro lado, doy por sentado que los pacientes tienen dificultades porque son
incapaces de desarrollar, alimentar y mantener relaciones cercanas con los
demás. Apliqué esto ante todo en mi trabajo de terapia de grupo, donde puse el
foco en los intercambios, impulsos y emociones que surgían de las respuestas
que los miembros se daban los unos a los otros. En este momento, tal vez con un
poco más de experiencia, me parece que estos dos conjuntos de preocupaciones
podrían no ser tan distintos, después de todo. Uno de los grandes motores de la
ansiedad existencial se deriva del hecho de que estamos solos en el universo,
de modo que nunca podremos compartir por completo nuestra experiencia con otra
persona. Este aislamiento final puede ser aterrador y sin duda desempeña un
papel en la teología de la mayoría de las religiones, que ofrecen consuelo al
asegurarnos que somos parte de un todo mayor. Para muchos, seamos religiosos o
no, una conexión profunda con otras personas es el mejor remedio para ese
aislamiento y para las ansiedades existenciales que lo acompañan. En este
sentido, cuando digo que la mayoría de las personas acuden a terapia en busca de
ayuda para sus problemas interpersonales, siento que se trata de algo
íntimamente relacionado con ciertas preocupaciones existenciales importantes.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
El campo de la psicoterapia fue creado por los psiquiatras,
que eran médicos profesionales y, por lo tanto, se referían con toda
naturalidad a sus «pacientes». Sin embargo, en las últimas décadas la
psicoterapia se ha convertido en gran medida en el dominio de psicólogos,
terapeutas matrimoniales y familiares, trabajadores sociales y orientadores
psicológicos de diversos tipos, la mayoría de los cuales utilizan el término
clientes. No me gustan demasiado ninguna de estas dos palabras (una parece
implicar enfermedad y la otra, comercio), ni existe un término más relacionado
con el concepto de consulta (¿consultante?) que pueda pronunciarse sin que
resulte extraño. Prefiero pensar en mí mismo como un «compañero de viaje»,
alguien que quizá tiene una visión un poco más ajustada del camino que estamos
recorriendo. En cualquier caso, en estos relatos he utilizado la palabra
pacientes, a pesar de que yo no les ofrecía atención continua ni tenía la
intención de asumir ninguna responsabilidad médica.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Llamo «pacientes» a las personas que han acudido a mí con
sus consultas. Este concepto resulta un poco problemático. El campo de la
psicoterapia fue creado por los psiquiatras, que eran médicos profesionales y,
por lo tanto, se referían con toda naturalidad a sus «pacientes». Sin embargo,
en las últimas décadas la psicoterapia se ha convertido en gran medida en el
dominio de psicólogos, terapeutas matrimoniales y familiares, trabajadores
sociales y orientadores psicológicos de diversos tipos, la mayoría de los
cuales utilizan el término clientes. No me gustan demasiado ninguna de estas
dos palabras (una parece implicar enfermedad y la otra, comercio), ni existe un
término más relacionado con el concepto de consulta (¿consultante?) que pueda
pronunciarse sin que resulte extraño. Prefiero pensar en mí mismo como un
«compañero de viaje», alguien que quizá tiene una visión un poco más ajustada
del camino que estamos recorriendo.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
He afirmado que «la relación es la que sana». Lo que impulsa
el cambio no es un formulario que el paciente rellena, o una pregunta
inteligente que plantea el terapeuta, o un cambio de comportamiento que el
paciente debe registrar a diario. En mi enfoque terapéutico, la conexión
honesta entre el terapeuta y el paciente es el medio a través del cual
descubrimos, aprendemos, cambiamos y sanamos.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Siempre he concebido la terapia como una tarea que exige su
tiempo, no los interminables años del psicoanálisis de la vieja escuela, pero
sí a menudo varios años, o sea, el tiempo que hiciera falta para ayudar a los
pacientes a comprenderse mejor a sí mismos y a realizar cambios significativos
en sus vidas.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Siempre he concebido la terapia como una tarea que exige su
tiempo, no los interminables años del psicoanálisis de la vieja escuela, pero
sí a menudo varios años, o sea, el tiempo que hiciera falta para ayudar a los
pacientes a comprenderse mejor a sí mismos y a realizar cambios significativos
en sus vidas.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Hay unas pocas personas, como Susan, a quienes una
intervención oportuna o un encuentro profundo pueden proporcionar casi todo lo
que necesitan. Pero en general no soy partidario de la terapia a corto plazo, y
quiero dejar muy claro que de ninguna manera estoy proponiendo este formato de
sesión única como una forma completa de terapia. De hecho, he defendido durante
mucho tiempo la terapia a un plazo significativamente más largo. ¿Por qué? Por
muchas razones, la más importante de las cuales es que lo que más me interesa
es ayudar a las personas a aprender más sobre sí mismas, y ese tipo de cosas
llevan su tiempo. Supongo que soy un terapeuta que se centra en cuestiones
esenciales: la búsqueda del sentido de la vida y de la propia identidad, y la
comprensión de los propios impulsos y comportamientos. Estos objetivos
simplemente no se pueden alcanzar con rapidez en la mayoría de los casos. Y,
sin embargo, en el ámbito de la salud mental, sobre todo en Estados Unidos, se
continúa avanzando hacia modelos de una duración cada vez menor. Esta presión
no proviene de una preocupación por conseguir mejores resultados para los
pacientes, sino que está impulsada en gran medida por las compañías de seguros,
que no quieren pagar por más de ocho o doce sesiones y prefieren los llamados
modelos «basados en la evidencia científica», como la terapia
cognitivo-conductual. Sin duda, hay cuestiones para las que las terapias a
corto plazo son útiles, pero con frecuencia se centran en desafíos muy
específicos a los que se enfrenta un paciente, como tratar de dejar de fumar,
por ejemplo, o abordar síntomas como la procrastinación o la evitación. Sin
embargo, en términos generales estos enfoques a corto plazo no ayudan a las
personas a comprender y cambiar por completo las causas subyacentes a estos
síntomas. Y para muchos, esta transformación y conocimiento más profundos son
esenciales.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Raras veces es la brillantez de un terapeuta lo que marca la
diferencia. ¿Nuestras inteligentes interpretaciones? ¿Las intervenciones
audaces que nos provocan explosiones de adrenalina y autosatisfacción? ¿El
toque fortuito que parece genial? Por lo general, estas cosas pasan
inadvertidas para los pacientes. En cambio, lo que casi siempre les impacta son
las cualidades de la relación: la empatía, el deseo y la capacidad de ver de
verdad al otro y la voluntad de dar respuestas honestas, algo que rara vez se encuentra
en la vida cotidiana. Aquí es donde residen los tesoros, y esta es una verdad
nacida de mis décadas de experiencia, así como de una importante investigación
que ha sido revisada por mis pares. Me di cuenta de que estas sesiones únicas
probablemente eran un formato ideal para centrarse en la relación con el
paciente.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Después de quince minutos así, comencé a sentirme bastante
distante de ella, lo que a menudo me indica que debo pasar al «aquí-y-ahora».
El primer paso fue dejar de centrarme en sus dificultades para relacionarse con
las personas en general y pasar a explorar lo que estaba sucediendo entre
nosotros, en nuestra conversación. —Sophia —dije—, deja que te haga una
pregunta: ¿cómo nos está yendo a ti y a mí hoy en nuestra sesión?
Me acerqué un poco más a la pantalla. —Permíteme que sea
sincero respecto a mi propia reacción ante lo que llevamos de sesión. Abrió
mucho los ojos, mirándome con el mismo recelo y sorpresa que suelen mostrar
otros pacientes cuando les hago esta propuesta. Creo que esto se debe a que la
mayoría nunca recibimos comentarios verdaderamente sinceros de los demás. En
lugar de eso, las respuestas de las personas están condicionadas sin excepción
por el tipo de relación que tienen con nosotros; esto lo vemos, por ejemplo, en
las parejas, que se ven condicionadas por los riesgos emocionales de la
relación, o en los colegas del trabajo, que se ven condicionados por el
estatus. Pero ofrecer esa sinceridad es una de las herramientas más poderosas
del terapeuta.
Entonces, ¿es culpa mía... toda esa gente, todas esas
oportunidades perdidas? —Tienes parte de culpa —aclaré—, pero solo parte. Dejé
que eso resonara entre nosotros un momento. Luego cambié de tema, pues no sería
útil que ella se sintiera demasiado culpable. Una sensación de responsabilidad
puede ser muy útil para inspirar el cambio, pero la autoflagelación rara vez lo
es.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
En pocas palabras, todos vivimos en un mundo incierto y nos
enfrentamos a ciertas condiciones ineludibles de la vida, que yo categorizo
como: muerte (solo podremos vivir con plenitud mientras seamos conscientes de
que la muerte es inevitable), libertad (tenemos enormes libertades y somos, en
última instancia, responsables de nuestras propias elecciones de vida),
aislamiento (nacemos solos y morimos solos, y, sin embargo, deseamos intimidad
y contacto) y ausencia de sentido (existimos en un mundo confuso donde no hay
un conjunto completo de valores y, sin embargo, anhelamos una vida con
sentido).
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Creo que el hecho de sentirse a gusto con uno mismo y el
conocimiento honesto de los propios prejuicios son fundamentales para la
terapia... y muy evidentes para los pacientes.
—¿Evidentes para los pacientes en qué sentido?
—Cualquiera que sea su problema específico, los pacientes
están lidiando con algo. Buscan a alguien que ellos sientan que puede ayudarlos
y guiarlos, alguien maduro cuya presencia los tranquilice. Si perciben que el
terapeuta está inquieto, eso puede incomodarlos.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Si el terapeuta tiene puntos ciegos sobre sí mismo, entonces
esas respuestas emocionales no serán indicadores fiables de cómo responderían
los demás en general, y la idea de la terapia como microcosmos social se
desmorona. Imaginemos, por ejemplo, que en una sesión un paciente se queja
durante mucho rato de su esposa y la terapeuta nota que esas quejas empiezan a
aburrirla. Esta es una información importante que puede proporcionarle pistas
para una exploración fructífera. La terapeuta debe confiar en sus propias
percepciones y sospechar que los demás se aburrirán de manera similar, dado que
el paciente no para de quejarse y de echar la culpa a otros.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Para ser un terapeuta eficaz, uno debe comprender la
experiencia de la terapia desde la perspectiva del paciente y también conocerse
muy bien a sí mismo. Esta última parte es fundamental para trabajar en el
aquí-y-ahora, porque se necesita una gran conciencia de las propias
percepciones y los propios prejuicios. Durante la sesión, un buen terapeuta va
leyendo la interacción con su paciente, a la vez que toma buena nota de las
respuestas emocionales que experimenta ante cada uno de ellos. Si, por ejemplo,
me siento frustrado ante las evasivas de un paciente, debo reconocer de
inmediato que estoy sintiendo esa frustración, en lugar de permitir que esa
emoción me invada de un modo inconsciente, como suele ocurrir. Mi frustración
indica algo importante acerca de la interacción que estamos teniendo.
Si el terapeuta tiene puntos ciegos sobre sí mismo, entonces
esas respuestas emocionales no serán indicadores fiables de cómo responderían
los demás en general, y la idea de la terapia como microcosmos social se
desmorona. Imaginemos, por ejemplo, que en una sesión un paciente se queja
durante mucho rato de su esposa y la terapeuta nota que esas quejas empiezan a
aburrirla. Esta es una información importante que puede proporcionarle pistas
para una exploración fructífera. La terapeuta debe confiar en sus propias
percepciones y sospechar que los demás se aburrirán de manera similar, dado que
el paciente no para de quejarse y de echar la culpa a otros. Entonces, la
terapeuta podría sugerir que ambos observen lo que ha sucedido en el espacio
entre ellos, lo que los llevaría a descubrir cómo, por ejemplo, el paciente
utiliza una actitud de queja para presentarse como una víctima en sus
relaciones, y cómo eso acaba provocando el alejamiento de la gente. Esta es la
dinámica del aquí-y-ahora cuando funciona como es debido. Pero solo funciona si
el terapeuta es consciente de sus propios puntos ciegos. Imaginemos que la
terapeuta a la que acabo de mencionar hubiera estado casada, y que su
matrimonio hubiera terminado mal y ella se sintiera injustamente culpada. Si hubiera
quedado marcada o resentida por esta experiencia y no hubiera hecho el trabajo
de identificar sus propios prejuicios, su capacidad para usarse a sí misma
durante la terapia como un delicado detector emocional estaría dañada.
Imaginemos también que el mencionado paciente tuviera de verdad muy buenas
razones para quejarse de su esposa. Tal vez ella lo menospreciaba una y otra
vez, diciéndole, por ejemplo, que preferiría haberse casado con su novio de la
secundaria, que ahora es un triunfador. Una vez más, la terapeuta podría
desanimarse pensando que el paciente siempre se está quejando de su esposa y
sugerir que este es el problema clave del paciente. Pero esta vez la terapeuta
podría estar equivocada. Su reacción negativa podría ser el resultado de sus propias
frustraciones en cuanto a su propio divorcio, que ella nunca superó.
Todos tenemos prejuicios y neurosis inconscientes que
podrían hacer que nuestras percepciones sean menos neutrales, menos fiables y
más cargadas de posibles contratransferencias. Conocerse a uno mismo lo más
profundamente posible es esencial, y explorar las propias debilidades, las
propias fortalezas y los propios rincones oscuros recibiendo una terapia
personal es la mejor manera que conozco de perfeccionar las propias
percepciones, lo que sin duda nos permitirá ofrecer a los pacientes una terapia
más efectiva.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Cada persona tiene experiencias de vida muy subjetivas y que
esa subjetividad se traslada también a sus lecturas. Estas experiencias
colorean nuestra visión, haciendo que nos concentremos en ciertas cosas en
lugar de en otras, y que respondamos emocionalmente a diferentes cosas de
distintas maneras. Esto es cierto para todos los pacientes, y también es cierto
para los terapeutas. Para cerrar el círculo, este enfoque subjetivo es justo la
razón por la que los terapeutas debemos ser lo más conscientes posible de
nuestras propias respuestas y prejuicios, y por la que debemos someternos a una
intensa terapia personal.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Según mi experiencia, cuando las personas se resisten a una
fuerza vital importante, a menudo acaban viéndose consumidas por intensos
sentimientos de desesperanza. Cuando uno sabe, en el fondo, que hay algo que
debe hacer en el mundo, y sin embargo no lo hace porque algún obstáculo se lo
impide —el miedo, la vergüenza, el rechazo de los padres o las necesidades
financieras—, esa inacción puede suponerle un alto coste psicológico.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Los terapeutas tienen muchos pacientes, mientras que los
pacientes solo tienen un terapeuta. Esta es una desigualdad inherente a mi
profesión, que a veces se puede utilizar en beneficio de la terapia; es decir,
queremos ser importantes en la mente del paciente, para que nuestras palabras y
las experiencias que compartimos en la terapia puedan tener un poderoso impacto
transformador. Por otro lado, imaginemos el daño potencial para alguien que, al
dar gran importancia a la aprobación de su terapeuta, descubre que ha sido
completamente olvidado.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
En mi opinión, el escenario que ella describía solo podía
acabar de forma desastrosa, mientras que a ella le parecía placentero y
perfecto.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Muchos de nosotros buscamos serenidad, tranquilidad y
satisfacción en la vida. Pero he aprendido que, paradójicamente, demasiada
serenidad en la superficie a menudo indica una negación de problemas más
profundos. Puede ser una efectiva estrategia de evasión.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Como terapeutas, planteamos posibilidades y hacemos
preguntas que invitan a la reflexión y que a menudo hacen que los pacientes se
replanteen cómo están viviendo, si sus actos se alinean con sus valores y si
sus creencias les están siendo útiles, siempre partiendo de la base de que el
cambio profundo tiene que venir de dentro.
Los pacientes suelen llegar a terapia con una angustia
significativa. Lo que reclaman, en general, es una solución al sufrimiento que
están experimentando, tanto si el problema parece ser externo como si es
interno. Y a menudo imaginan que esta solución pasa por que el terapeuta le
indique qué debe hacer. Pero, una vez más, el cambio real debe provenir de que
el paciente reconsidere sus propias tendencias e intente cambiarlas poco a
poco, en lugar de que le digan qué debe hacer en una situación determinada.
Casi siempre es mucho menos útil que yo le diga a alguien
qué hacer en lugar de ayudarlo a superar sus obstáculos internos para que pueda
llegar a sus propias conclusiones, que siempre encajarán mejor con sus valores
más profundos.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Sentía una gran curiosidad por dos cosas. En primer lugar,
uno de los grandes placeres de ser terapeuta es que puedes observar de cerca
los apasionantes dramas de la vida de muchas personas. A menudo me he visto
atrapado en esas historias, preguntándome qué sucederá después y alegrándome
cuando a mi protagonista le salen bien las cosas. En cierto modo, es parecido a
ver una emocionante serie de televisión.
Mucho más importante era la curiosidad clínica sobre estas
consultas. Nunca conocería los cambios ni el crecimiento a largo plazo que
estos pacientes podrían experimentar, pero tenía muchas ganas de saber si mi
trabajo con ellos estaba logrando algún impacto apreciable y, de ser así, qué
factores eran más útiles. En general, he podido identificar o aclarar el
problema más urgente de mis pacientes y he descubierto que la mayor parte de
ellos estaban preocupados por su conexión con los demás, lo cual no me ha
sorprendido. En el fondo, la gran mayoría de los pacientes a los que he
atendido a lo largo de seis décadas tenían algún tipo de problema con la
conexión interpersonal. Sus necesidades inmediatas podían presentarse como algo
diferente —obsesión sexual, ira hacia uno de sus progenitores, depresión—, pero
en el fondo de todo eso suele haber manifestaciones de desconexión. Incluso en
aquellos que presentan una ansiedad extrema ante la muerte, cuando nos
adentramos bajo la superficie casi siempre encontramos un anhelo de una
cercanía profunda con la que combatir el sentimiento de estar solos en el
universo.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
La intuición es fundamental para los terapeutas, pero es
importante señalar que, tal como la veo yo, no tiene nada de místico. Cualquier
intuición por mi parte es el resultado de muchas décadas de cuidadosa atención,
de observar de cerca a las personas y de reconocer patrones y tendencias.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Hace mucho que creo que los terapeutas somos más eficaces
cuando nos ofrecemos a nuestros pacientes como compañeros de viaje, como seres
humanos que también sufren los golpes, las flechas y otras indignidades de la
vida. Esto difiere en gran medida de la posición de muchos en este mismo
terreno que, históricamente, e incluso en estos tiempos, se presentan como
expertos y pretenden reparar a sus pacientes, como si la condición humana fuera
reparable.
Sé que es mucho mejor, como terapeuta, no poner el acento en
la propia posición de prestigio, sino hundirse en el barro con los pacientes y
avanzar con ellos a través de nuestro mundo absurdo y desafiante.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Seguí indagando, a la espera de descubrir a alguien que se
preocupara por ella.
—¿De quién estás más cerca ahora, Margaret? —quise saber.
Esta pregunta casi siempre abre puertas en la terapia, pues
empuja a las personas a pensar más allá de sí mismas y a poner el foco en la
red más amplia de relaciones en la que viven.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
En esencia, la terapia es una relación inusual y, en muchos
sentidos, unilateral: el paciente se ve embarcado en una gran cantidad de
revelaciones íntimas y reflexiones sobre sí mismo, mientras que el terapeuta se
concentra con intensidad en el paciente y revela muy poco de sí mismo.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Hay muchas razones por las que los terapeutas consideran
preferible no aportar sus propias historias ni su información personal en la
terapia. Históricamente, la psiquiatría surgió de un modelo médico en el que el
doctor ocupaba la posición de experto y el paciente era el «enfermo» que
necesitaba curación. Los psiquiatras proyectaban el alto estatus del médico, y
los problemas que descubrían eran vistos por entero como carencias o defectos
que el buen médico podía solucionar. Además, el modelo psicoanalítico original
de Freud tenía incorporada la dinámica del terapeuta como una pantalla en
blanco en la que los pacientes proyectaban sus sentimientos, fantasías y
neurosis. Un exceso de información sobre el terapeuta como ser humano podría
entorpecer esta dinámica, puesto que influiría en el proceso de
autodescubrimiento de los pacientes. Señalaré aquí que han pasado más de cien
años desde el trabajo revolucionario de Freud, y muchos otros pensadores y
profesionales brillantes han hecho que la terapia contemporánea sea rica y
variada, con muchos enfoques que difieren ampliamente de este método de
pantalla en blanco. Aun así, todavía quedan algunos vestigios del ideal del
médico experto y distante, y casi todos los programas de capacitación continúan
advirtiendo que los terapeutas no deben compartir información sobre sí mismos.
La mayoría de las razones de tal postura siempre me han parecido bastante
pobres, y, en lo que a mí respecta, llevo mucho tiempo inclinándome por
«revelar más» a mis pacientes. Ser un compañero de viaje y no un experto
distante ha sido uno de mis principios rectores durante décadas.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Hay un tipo de autorrevelación que es absolutamente
primordial en mi trabajo del aquí-y-ahora: intento ser muy sincero en cuanto a
lo que siento por un paciente en el presente inmediato. Por supuesto, no
expreso mis sentimientos de manera indiscriminada, sino que los uso como mi
principal fuente de datos y evalúo con cuidado cómo puedo usar mejor esta
información en beneficio del paciente. Por ejemplo, si un paciente parece estar
ocultando algo, le pregunto al respecto; si se muestra combativo, coqueto o infantil,
le hago saber de la manera más útil posible que eso es lo que recibo de él.
Un segundo tipo de autorrevelación consiste en relatar
experiencias personales o historias de mi vida poniéndolas al servicio de mi
trabajo con el paciente. Este es el tipo de autorrevelación que se aconseja
evitar a la mayoría de los terapeutas jóvenes, como si en ello hubiera un gran
peligro. Como si el hecho de que los terapeutas nos mostremos como seres
humanos normales y con defectos disminuyera de alguna manera nuestra capacidad
curativa, o como si mostrarse honesto sobre la propia vida fuera en cierto modo
demasiado agotador para los terapeutas. Y, sin embargo, los pacientes suelen
hacernos preguntas directas, desde si tenemos hijos hasta cuáles son nuestras
opiniones políticas. ¿Deberíamos ignorarlos? Una táctica común que emplean los
terapeutas cuando un paciente hace esto es darle la vuelta a la pregunta y
preguntarse por qué está interesado en saber esas cosas. Es cierto que a veces
sus preguntas pueden revelar algo más profundo de su personalidad. Por ejemplo,
un paciente que pregunta de forma constante cómo le van las cosas a un
terapeuta puede estar revelando su propia tendencia a asumir un papel de
cuidador en sus relaciones y, al mismo tiempo, su voluntad de desviar la
atención de sus problemas. Pero la mayoría de las veces creo que los pacientes
hacen esas preguntas simplemente porque quieren saber más sobre la persona con
la que están construyendo una relación importante. Quieren saber quiénes somos,
ver si tenemos suficientes cosas en común para comprender sus desafíos o para
calmar la ansiedad que sienten al establecer una relación estructurada con un
extraño. ¿Cuál es el problema aquí? Si un paciente quiere saber qué tipo de
programas de televisión me gustan, estaré encantado de decírselo. ¿Tengo
hijos?, ¿qué me parece un determinado restaurante?, ¿cómo me llevaba con mis
padres...? ¿Por qué debería esconder ese tipo de cosas? ¿Cómo puedo fomentar la
verdadera conexión humana, tan esencial para ayudar a los pacientes, si tengo
miedo de compartir mi intimidad?
Es muy posible que exista la preocupación de que demasiada
intimidad pueda llevar a desdibujar los roles y que la cercanía de la terapia
pueda hacer surgir sentimientos románticos, ya sea en el paciente o en el
terapeuta. Desde luego, esto puede ocurrir... Después de todo, el terapeuta es,
para muchas personas, la persona con la que comparten sus preocupaciones más
profundas. Y, por supuesto, si eso ocurre, puede llegar a ser un problema. Pero
creo firmemente que los terapeutas profesionales y bien formados pueden ser lo
bastante cautelosos y conscientes de sí mismos para evitar que surjan esos
sentimientos románticos y sexuales. Y para analizarlos como es debido si llegan
a aparecer.
Lo que es fundamental, por supuesto, es que ese compartir
redunde en beneficio del paciente. Y es muy posible que haya circunstancias en
las que compartir demasiado, o compartir ciertas cosas, sea perjudicial. Sin
embargo, y permítanme enfatizar este punto, en mis más de seis décadas de
terapia nunca he tenido la experiencia de compartir demasiado con un impacto
negativo. Por el contrario, mi apertura siempre parece acercarme más a ellos y
a mí, y mejorar el curso de la terapia.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
—Lo que sea que suceda en un matrimonio es el resultado de
las contribuciones de ambas personas.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
En realidad, un terapeuta solo puede trabajar con la persona
que tiene delante, y existen limitaciones sobre cuán útil es especular acerca
de las acciones y motivaciones de los demás,
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Creo que afrontar la mortalidad y hablar abiertamente de la
muerte con otras personas puede ser de gran ayuda.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Describiendo una infancia caótica y peligrosa, una crianza
en la que nunca recibiste el amor y la protección que necesitan los niños..., a
menudo se manifiestan más adelante como ansiedad ante la muerte.
—Mi terapeuta anterior nunca me hizo muchas preguntas sobre
mi infancia. —Es un tema incómodo. Pero créeme cuando te digo que los esfuerzos
a corto plazo centrados en el comportamiento para cambiar tu forma de pensar,
como los tratamientos de terapia cognitivo-conductual que has mencionado, no te
proporcionarán la ayuda que necesitas.
—Entonces, ¿qué sugiere?
—Yo en tu caso sugeriría un enfoque terapéutico
completamente distinto. Esos recuerdos de la primera infancia son dolorosos y,
como han demostrado numerosas investigaciones, resulta sumamente difícil
borrarlos o ignorarlos. Por fortuna, en los últimos años se ha avanzado mucho
en la comprensión de traumas como este y en el desarrollo de métodos para
tratarlos. Sugiero un trabajo prolongado con un terapeuta que se centre en los
traumas de la primera infancia. Entre ambos podréis afrontar, explorar y, en última
instancia, trabajar a través de esos recuerdos.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Por supuesto, los pacientes me han hecho cientos de
preguntas de este tipo a lo largo de los años, y hay mucho que aprender de lo
que un paciente elige preguntar. ¿Qué les interesa y qué revela eso sobre sus
preocupaciones? Gene me había preguntado cómo había hecho amigos, y eso
indicaba que estaba lidiando con la soledad y la falta de conexión. Esa fue una
información valiosa. Más allá de esto, sin embargo, el hecho de insistir a los
pacientes para que me hicieran preguntas personales requeriría que ellos se
acercaran más, que se acercaran de una manera íntima. Y al abrirme a ellos para
compartir mi intimidad, les serviría como modelo para que ellos también lo
hicieran. ¿Podía ser peligroso que fueran los pacientes quienes hicieran las
preguntas? La mayoría de las escuelas que forman a psicoterapeutas se opondrían
a la idea de crear un espacio para una indagación tan personal. Pero ¿qué
tememos que nuestros pacientes puedan preguntar? ¿Querrán conocer nuestros
secretos más profundos? ¿Nuestras fantasías sexuales? Primero, yo señalaría que
el terapeuta no está obligado a responder si se siente inseguro o si considera
que su respuesta no será útil. Más allá de eso, supongo que este tipo de
preguntas son posibles, pero solo si el paciente realmente quiere desafiar la
relación terapéutica que ha construido. Y eso también es información valiosa.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
¿Qué pasaría si yo les pidiera de forma explícita a los
pacientes que me hicieran preguntas personales? ¿Qué resultados obtendría? Por
supuesto, los pacientes me han hecho cientos de preguntas de este tipo a lo
largo de los años, y hay mucho que aprender de lo que un paciente elige
preguntar. ¿Qué les interesa y qué revela eso sobre sus preocupaciones? Gene me
había preguntado cómo había hecho amigos, y eso indicaba que estaba lidiando
con la soledad y la falta de conexión. Esa fue una información valiosa. Más
allá de esto, sin embargo, el hecho de insistir a los pacientes para que me
hicieran preguntas personales requeriría que ellos se acercaran más, que se
acercaran de una manera íntima. Y al abrirme a ellos para compartir mi
intimidad, les serviría como modelo para que ellos también lo hicieran. ¿Podía
ser peligroso que fueran los pacientes quienes hicieran las preguntas? La
mayoría de las escuelas que forman a psicoterapeutas se opondrían a la idea de
crear un espacio para una indagación tan personal. Pero ¿qué tememos que
nuestros pacientes puedan preguntar? ¿Querrán conocer nuestros secretos más
profundos? ¿Nuestras fantasías sexuales? Primero, yo señalaría que el terapeuta
no está obligado a responder si se siente inseguro o si considera que su respuesta
no será útil. Más allá de eso, supongo que este tipo de preguntas son posibles,
pero solo si el paciente realmente quiere desafiar la relación terapéutica que
ha construido. Y eso también es información valiosa.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
El crecimiento y el cambio de un paciente son el resultado
de experiencias en el contexto de un vínculo cercano y seguro con su terapeuta,
más que de una intervención, diagnóstico o medicación en particular.
La necesidad de construir esta conexión de confianza como
algo esencial para el trabajo aquí-y-ahora. Pero yo iría más allá y diría que,
cualquiera que sea el enfoque que uno adopte en la terapia, desde la terapia
centrada en soluciones a corto plazo hasta la terapia cognitivo-conductual o el
análisis psicodinámico prolongado, es fundamental construir una relación
sólida, positiva y de confianza con los pacientes.
Mi propio mantra profesional: «Es la relación la que
cura». Es decir, el crecimiento y el cambio de un paciente son el resultado
de experiencias en el contexto de un vínculo cercano y seguro con su terapeuta,
más que de una intervención, diagnóstico o medicación en particular. En varios
momentos de este libro he mencionado la necesidad de construir esta conexión de
confianza como algo esencial para el trabajo aquí-y-ahora. Pero yo iría más
allá y diría que, cualquiera que sea el enfoque que uno adopte en la terapia,
desde la terapia centrada en soluciones a corto plazo hasta la terapia
cognitivo-conductual o el análisis psicodinámico prolongado, es fundamental
construir una relación sólida, positiva y de confianza con los pacientes.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Los intentos erróneos de autorrevelación pueden ser
perjudiciales. A la mayoría de los pacientes no los ayudará que un terapeuta
alardee de sus propios éxitos o comparta pensamientos que simplemente no son
relevantes para los problemas del paciente.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
La terapia a menudo sirve como un valioso ensayo general
para la vida, y el terapeuta actúa como compañero de ensayo.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
Las mentes atribuladas necesitan tanto de la filosofía como
de la medicina.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
A lo largo de los años he descubierto que no debemos ser
tacaños con nuestros elogios, ya sean dirigidos a los pacientes, a los amigos o
a los colegas. Si algo he aprendido de las luchas internas de las personas
durante sesenta años es que, aunque externamente parezcan confiadas y
triunfadoras, en su interior pueden sentirse de un modo muy distinto. Nunca se
sabe quién tiene una necesidad desesperada de recibir aprobación o amor.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
EPÍLOGO POR
BENJAMIN YALOM
Pocos programas de formación hacen hincapié en este tipo de
trabajo interpersonal aquí-y-ahora. La autorrevelación del terapeuta, en
particular cuando revela información personal, es vista con recelo, como algo
que debe evitarse en la mayor parte de los casos. Esto resulta muy confuso para
algunos estudiantes, que comienzan su formación con la idea de realizar un
trabajo personal profundo con los pacientes y se encuentran con advertencias
contra ese tipo de intimidad.
¿Dónde radica este desafío? Uno podría pensar que estas
técnicas se enseñan de manera habitual, dado que tienen tanto éxito. En mi
opinión, existen muchos impulsos contrarios a la idea de que los terapeutas se
abran tanto en las sesiones con sus pacientes. Sin pretender ser exhaustivo,
ofrezco una lista breve, ciertamente incompleta, de algunas de las ideas más
contundentes que se oponen a esta apertura:
- El modelo médico tradicional de la psiquiatría, en el que los psiquiatras debían ser vistos como expertos.
- El poder y la vigencia del enfoque de la pantalla en blanco de Freud.
- El temor a que, si los terapeutas se abren demasiado, sus pacientes les hagan preguntas personales incómodas o embarazosas, o invadan de un modo u otro su intimidad.
- El temor a que surjan sentimientos románticos u otros sentimientos inapropiados entre el paciente y el terapeuta (nótese que esto puede verse exacerbado por las relaciones de género y puede resultar particularmente peligroso para las mujeres terapeutas).
- El temor a que, si los terapeutas se abren, puedan verse abrumados por la contratransferencia, lo que distorsionaría la visión objetiva de sus pacientes.
- La prevalencia de terapias a corto plazo «basadas en la evidencia» y de terapias de manual con pasos claramente definidos, que en gran medida consideran a los terapeutas como intercambiables.
- La idea de que centrarse en el terapeuta en lugar de en el paciente conduce a la autocomplacencia y no favorece los intereses del paciente.
- Y, por último, en lo que se refiere en concreto a mi padre, la sensación de que él debe de ser un poco mago y que estas técnicas que a él le funcionan no les funcionarían a otros. (¡No se lo crean! En esencia, solo se nos exige que seamos abiertos, honestos y humanos con nuestros pacientes).
Estas ideas explican en parte las resistencias a que el
terapeuta se abra y cuente cosas sobre sí mismo. Pero también creo que, en lo
que respecta a la formación de los terapeutas, la realidad es un poco más
compleja y un poco más esperanzadora. Si bien pocos programas de terapia
enseñan específicamente el modelo del aquí-y-ahora, algunos aspectos de este
método —en especial, examinar lo que está sucediendo en tiempo real entre el
terapeuta y el paciente, así como, quizá, con sus parejas o familiares— se
han incorporado a otros enfoques terapéuticos muy difundidos, desde
terapias psicodinámicas y otras orientadas a la atención plena hasta enfoques
basados en el apego y modalidades de pareja y familia. En varios de estos
enfoques hay espacio para que los terapeutas se abran y brinden una
retroalimentación emocional honesta, reflexionando sobre cómo se sienten acerca
de lo que está sucediendo en las sesiones de terapia y preguntando cómo se
siente el paciente al ser observado en profundidad por el terapeuta. Este tipo
de revelación emocional ha sido etiquetado de muchas maneras, con términos como
metaprocesamiento, congruencia y autenticidad. En la
mayoría de los casos, estos modelos no se centran principalmente en la relación
entre el terapeuta y el paciente, pero los elementos clave de la apertura y el
intercambio honesto se están difundiendo poco a poco en la especialidad.
«Es la relación la que cura». Mi padre alude a este «mantra»
a menudo. No se trata de una simple filosofía personal, puesto que décadas de
investigación respaldan con contundencia esta idea nuclear. Hay cientos de
teorías y enfoques en psicoterapia, y uno puede sentirse abrumado a la hora de
decidir qué tipo de terapia desea practicar o qué tipo de terapia desea
recibir. Pero si se analizan en profundidad los datos sobre qué conduce a
resultados terapéuticos exitosos, las conclusiones son bastante sorprendentes:
el factor más importante para el éxito reside en la motivación del paciente.
Según algunos estudios, esta motivación representa entre el 40 y el 50 % de los
resultados, y es algo que, en esencia, está fuera del control del terapeuta.
Entre los aspectos en los que los terapeutas pueden influir, el más importante
es, con diferencia, la alianza terapéutica, la relación entre el terapeuta y el
paciente. Esto representa entre el 30 y el 50 % del éxito o el fracaso de la
terapia. Más allá de estos dos factores, el tipo de terapia elegido y la
habilidad del terapeuta se reparten el escaso 10 o 20 % restante. Por todo
esto, parece claro que vale mucho la pena aprender a fomentar la relación entre
el paciente y el terapeuta como parte de la técnica terapéutica.
Y, sin embargo, la mayoría de los enfoques psicoterapéuticos
apenas se centran en la construcción de esta relación y la tratan como algo que
puede estar o no estar. Dadas las múltiples evidencias de que la alianza entre
terapeuta y paciente es, con mucho, el factor más importante para el éxito de
la terapia, esto parece profundamente contraproducente.
El enfoque que usa mi padre para establecer conexiones no es
la única forma de crear este vínculo. Por ejemplo, el paciente y el terapeuta
pueden sentirse conectados gracias al proyecto conjunto de que el primero
reciba ayuda. O el interés intenso e infatigable del terapeuta puede resultar
en sí mismo atractivo y poderoso. O uno puede sentirse atraído por el terapeuta
por su mera presencia cálida y empática, como si fuera un padre sustituto,
alguien más fuerte y más sabio. Cada una de estas posibilidades está integrada
en una o más teorías. Pero la forma más natural, habitual y, en apariencia,
eficaz de conectar con el paciente, la que se centra en una relación íntima
entre ambos, como en las historias de este libro, sigue siendo vista con honda
desconfianza.
En última instancia, la suya es una terapia de conexión
humana, de dejar que los demás nos importen de verdad, de buscar significado y
compartir nuestras cosas de la manera más rica y útil posible. Tomemos este
legado, y esforcémonos por encontrarnos unos a otros verdaderamente
—terapeutas, pacientes, seres humanos— en toda nuestra rica e imperfecta
complejidad.
Irvin D. Yalom
La hora del
corazón
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